El inicio de una vida siempre fue objeto de festejo. Por eso el nacimiento de Jesús se celebra a escala mundial, aunque en muchos hogares tucumanos ni siquiera se tenga en cuenta al protagonista de la historia. Y es que, atorada por el consumo desenfrenado, nuestra sociedad vive por estos días una suerte de histeria que parece no tener fin. Basta con caminar por las peatonales del centro para comprobar que el consumo despiadado se ha vuelto la medida de todas las cosas. A tal punto que la Navidad ha perdido su esencia de fiesta fraterna y se convirtió en sinónimo de indigestión, de gasto descontrolado, de compras desmedidas... de regalos obligatorios. Y el gobierno, que sigue empecinado en sostener la economía precisamente con el consumo, colabora adelantando sueldos y aguinaldos para que la gente pueda gastar en consecuencia. Es decir: sin freno. Sin conciencia. Sin reflexión.

Incluso los chicos, que nada entienden de números, también comparten la algarabía y salen a buscar en el microcentro a las nuevas divinidades de la Navidad. Barbie y Ken reemplazaron a María y a José, los Angry Birds o Ben 10 opacaron a Santa Claus y las mascotas virtuales son ahora más famosas que los Reyes Magos. Poco a poco, las fiestas de fin de año fueron limitándose a casi sólo dos rituales: comprar de manera compulsiva los más variados regalos y organizar comilonas dignas del mismísimo Herodes. Como si el mundo fuera a extinguirse el 25 de diciembre. Muchos, incluso, arrastran a sus hijos en estas alocadas excursiones, por lo que los niños terminan creyendo que la Navidad es justamente una carrera de obstáculos en la que los únicos ganadores están siempre detrás de la vidriera. Pero la Navidad encierra un significado mucho más profundo y trascendente. Para empezar se trata de una fiesta de honda raíz humana. Porque, lo que se celebra es un nacimiento. Un nacimiento como deberían ser todos: el de un niño esperado con amor y respeto que lleva sobre sus espaldas la esperanza del mundo. Las escrituras cuentan una historia que desborda poesía y dolor. Se trata de una familia pobre. Tan pobre como muchas familias tucumanas que el lunes sólo tendrán migajas para poner en la mesa. Una antigua balada francesa que inspiró a la escritora Marguerite Yourcenar su "Glosa de Navidad", describe a María y a José buscando afanosamente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo. Pero nadie quiere alojarlos. Los dueños de las posadas prefieren a unos clientes más brillantes y ricos, tal como sucede hoy con aquellos que golpean las puertas de los poderosos. Finalmente, la pareja termina en una gruta y el bebé nace en un pesebre, como muchos niños que vienen al mundo despojados de todo, en una tierra llena de contrastes.

La Navidad es también la fiesta de los hombres de buena voluntad. La de la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media, que ayuda a María en el parto, o la de los pastores manchados de grasa de oveja, a quienes Dios consideró dignos de escuchar a los ángeles. Y, a pesar de ser una festividad plagada de gozo, también hay en ella lugar para el dolor. Sí, porque ese pequeño al que se adora en la Nochebuena, será crucificado en la Pascua, recordándonos a todos que para poder alcanzar la gloria hay que pasar primero por la cruz. Cuenta Yourcenar que, antes de que la Iglesia fijara esta fecha para el nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre era ya, en épocas remotas, la fiesta del sol. Por eso hoy, cuando los pesebres casi no habitan las vidrieras y el Niño Dios viene a ser prácticamente un mazapán, vale la pena recordar el viejo sentido de la tradición navideña. Una historia que todos conocen pero que fácilmente olvidan.